Autor: Juan Manuel Cubilla Podestá.     Categoria: Opiniones

De la crisis de la democracia y de la desnaturalización de la representación

De la crisis de la democracia y de la desnaturalización de la representación

10-Ene-2008 - La democracia, el gobierno de todos, la participación del pueblo en los actos de gobierno, es y seguirá siendo el principal objetivo de la evolución política de las naciones del mundo.
Esto es así ya que pese haber avanzado enormemente desde los históricos gobiernos monárquicos, hasta las actuales elecciones populares de nuestros dirigentes, nos encontramos ante una de las más graves crisis de este sistema democrático, claro fruto de las grandes dimensiones territoriales y poblacionales de los estados modernos.

Este problema de la extensa territorialidad y población solo puede verse solucionado hasta el día de hoy por una herramienta que, a mi humilde entender, es un arma de doble filo, cual es la representación o democracia representativa.

Es sabido que ningún pueblo puede gobernarse así mismo sino de una forma ineficiente y destinada indudablemente al fracaso. Es así que la representatividad es la única forma (hasta el momento existente) para saltear este inconveniente. Pero su cuchilla no solo corta el inconveniente sino que su contra cara, es decir, su mala utilización o mejor dicho su desnaturalización tiende también evidentemente a generar lo que podríamos decir como las monarquías o aristocracias modernas, peligrosas en extremo.

Es sobre esta desnaturalización de la representación, que a mi corto entender, las naciones del mundo encontrarían el origen de la mayor parte de sus problemas.

Jean Jacques Rousseau, sostenía que la representación era un mal que ningún pueblo se podía dar el lujo de tolerar, toda vez que de su misma naturaleza de soberano no podía enajenar o transferir dicha soberanía. En este orden de ideas planteaba que si bien hoy el pueblo puede estar de acuerdo con sus diputados, no puede brindarles concierto con lo que piensen o definan en el futuro.

Fue sumamente duro con la representación, incluso llegando a sentenciar que el pueblo se cree libre, pero solo lo es en la elección de los miembros del parlamento, luego de lo cual se vuelve esclavo.

Ahora bien es real lo distante temporalmente hablando y los grandes cambios que han acaecido desde los brillantes pensamientos de Rousseau. Aun así no se puede descartar su idea puesto que la representación al ser un arma de doble filo, es de uso peligroso, pero conforme la realidad actual es un mal necesario, ante la imposibilidad fáctica de una democracia directa.

Ahora bien es esta contra-cara o desnaturalización de la democracia por el abuso del poder y reducción de la representatividad lo que me preocupa.

La existencia de comicios con listas sabanas, el monopolio de los partidos políticos en la oferta de candidatos, la minúscula relación entre la cantidad de representantes y representados, los altos salarios y privilegios de la clase política investida del deber de representar, entre otros vicios propios de los gobiernos actuales.

Es claro que, de los tres poderes en los cuales se divide el gobierno del estado desde la clásica teoría de Montesquieu, el investido con mayor representatividad del pueblo no era otro que el poder Legislativo.

A este mismo fue al único que se le confirió la facultad de imponer las leyes, obviamente por ser el más indicado al efecto dado, valga la redundancia, la representación  que en su seno existe del mismo pueblo que es obligado por sus actos. Así el mismo ciudadano (en teoría) junto a sus pares delimita hasta que lugar permite que el estado avance sobre sus derechos y libertades y les imponga obligaciones o lineamientos coercitivos.

Es en este poder legislativo donde la representación desnaturalizada, utilizada en nuestros días, ha hecho estragos.

Esta institución republicana debe ser la que brinde acceso fácil y real al común del pueblo en la vida del poder o gobierno. Pero se ha reducido la representación a su mínima expresión.

El poder legislativo o más específicamente la cámara creada al efecto (de diputados), ha dejado de ser lo suficientemente representativa del pueblo y se ha abocado no a la voluntad general, sino como lo decía Rousseau, se ha perdido en voluntades particulares de sus miembros o de quienes tienen influencia en ellos.

Los integrantes de este cuerpo así como de los demás estamentos del estado solo recuerdan al pueblo en el momento de los comicios, y aun en este supuesto acto de ejercicio de la libertad, lo degradan afectando sus decisiones con dadivas no solo materiales o económicas, de las cuales abundan en las elecciones, sino morales o espirituales.

Este pueblo no representado se termina por ‘‘vender’’ al mejor postor y se vuelve altamente inestable. No solo le ofrece todo el poder a quien le promete una mejor situación económica o social sino que incluso lo suelen entregar a cualquier persona ágil de pensamiento y floja de moral, que les dibuje una imagen propia de pertenencia a su clase o coincidencia de intereses.

Es así que se crean las figuras clientelistas, caudillescas o demagógicas. Estos neo-líderes que tras haber engatusado al pueblo y habiendo este último puesto todas sus esperanzas en ellos, se potencian por el poder que da la mayoría en la opinión pública, y terminan solo interesados en el cúmulo de atribuciones e indefectiblemente con aspiraciones dictatoriales o autoritarias.

El ciudadano común al momento de elegir a sus representantes realiza una azarosa apuesta que determina por pasiones que han sido afloradas fruto de las pomposas campañas políticas, dejando rotundamente de lado el compromiso a su patria y la razón que son necesarias para este acto de suma importancia y seriedad.

Finalmente y tras haber obtenido nada más que desilusiones, el común del pueblo acusa y sentencia socialmente a los responsables (los visibles o manifiestos) que casualmente no son otros que a los que ellos mismos les otorgaron el poder poco tiempo antes. Se crea un ánimo de desaliento y desconfianza que lejos de incentivar el correcto racionamiento al momento del sufragio, termina generando el sentimiento, que puede expresarse en una frase que conocemos muy bien, cual es ‘‘TODOS LOS POLÍTICOS SON IGUALES’’.

Este sentimiento genera y seguirá generando que las decisiones que toma la gente siempre tengan como objetivo el ser sometidos al menor de los males, actitud totalmente contradictoria para quienes, al igual que yo, creen que el ser humano está destinado a crecer y mejorar, ya no en su ámbito personal (lo que implica una decisión propia) sino en sus relaciones con sus pares, y de la totalidad social en sí.

Ahora bien me he explayado bastante sobre el problema en si y donde creo se encuentra su origen, pero para no quedarme en las palabras huecas que denuncian o reclaman cosas, estimo necesario trascender esta etapa poco constructiva para poder comentar o explicar cuál es, a mi humilde entender, una de las soluciones prácticas a este conflicto.

Es así que empezare por decir lo que sin mucha ciencia se entiende ya de mis palabras, la solución a nuestra situación no es otra que aumentar o elevar a su máxima expresión posible la representatividad de la sociedad o del común del pueblo en la institución republicana creada para ellos, ya sea que se llame parlamento, legislatura, congreso, cámara de diputados, cámara de comunes, o como quiera llamársele.

Para hacer esta formidable tarea no es necesario un gran movimiento revolucionario, que genere un cambio rápido y rotundo. La historia se ha encargado de demostrar que las grandes revoluciones sociales, sean o no violentas, siempre que pudieron ser llevadas adelante evitando ser sofocadas por los que se veían perjudicados por ella, terminaron indefectiblemente en dos destinos inevitables.

El primero de ellos, la creación de un líder o un grupo predominante, altamente autoritario o despótico que luego de haberse visto investido con la fuerza de las mayorías impone a su libre entender y alcance las condiciones y reglas del juego.

El segundo de ellos y no sé si menos perjudicial, en una situación de anarquía, descontrol y lucha en el seno mismo de la sociedad, disputa obviamente en las que sus participantes buscan la mayor de las aspiraciones de toda persona o grupo social, cual es el control o posesión del poder.

Entonces, y para dar mayor tranquilidad a nuestros compatriotas más conservadores, quienes tienen todo el derecho de ser escuchados y de participar en este proceso, éste debe realizarse no solo paulatina sino sutilmente. No por esto confundan o menosprecien la eficacia que puede llegar a tener un cambio sutil si es introducido en los lugares y estructuras correctas.

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